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¿Qué idea científica debería ser más conocida?

    Más de 200 intelectuales y artistas respondieron la pregunta anual del sitio web Edge; aquí, una selección de lo que se puede leer online

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    Una citada anécdota -que algunos dicen apócrifa y cuyo personaje central varía según el relato- cuenta que, cuando en las últimas décadas del siglo XIX se difundió en Inglaterra la teoría de Darwin de que los seres humanos descendíamos de los monos, la esposa del obispo de Birmingham reaccionó, espantada: “Querido, esperemos que no sea cierto. Y si lo es, esperemos que no se difunda”.

    Esas palabras retoma el sitio web Edge para presentar su ya tradicional pregunta (Edge Question) de este año. En efecto, cada año, el sitio creado por el escritor y editor John Brockman para albergar discusiones sobre ideas innovadoras de los más diversos campos de las ciencias propone una pregunta provocadora a una cantidad de intelectuales, científicos, artistas y escritores. Las respuestas varían de pequeños ensayos a un párrafo, pero todas tienen el espíritu de quienes están pensando en las fronteras de sus disciplinas o cruzándolas. “¿Qué debería preocuparnos?”, “¿Qué noticia científica fue la más importante este año?”, “¿Qué pensás de las máquinas que piensan?” y “¿Qué cambiará todo?” son algunas de las preguntas de años anteriores, cuyas respuestas luego se publican en forma de libros.

    Este año, la pregunta fue: “¿Qué término o concepto científico debería ser más ampliamente conocido?” Algo más de 200 científicos de los campos más variados, ensayistas y artistas la respondieron, y sus textos -como todos los de las ediciones anteriores- se pueden leer libremente en el sitio web.

    “El libro genético de los muertos”, “el altruismo recíproco”, “la neurodiversidad”, “la segunda ley de la termodinamia”, “el sentido común”, “el realismo científico”, “el principio copernicano”, “el razonamiento basado en casos” y “la materia” son este año algunas de las respuestas, que en su mayoría proponen reflexiones sobre el estatus del conocimiento en el mundo contemporáneo, los modos en que avanza la ciencia, y el papel de la incertidumbre y el azar en ese movimiento.

    No es raro que ése sea el enfoque. “De todos los términos científicos que deberían ser más conocidos para contribuir a clarificar e inspirar el pensamiento científico en la cultura general, ninguno es más importante que la ciencia misma -escribió Brockman en la presentación de la pregunta Edge de este año-. La ciencia es nada más y nada menos que el método más confiable para obtener conocimiento sobre algo, sea el espíritu humano, el rol de los grandes personajes de la historia o la estructura del ADN.” Aquí, reproducimos fragmentos de algunos de los ensayos.

    El sesgo de confirmación

    Brian Eno (artista y compositor)

    La gran promesa que trajo Internet era que una mayor cantidad de información conduciría automáticamente a mejores decisiones. La gran desilusión es que la mayor información en realidad conduce automáticamente a más posibilidades de confirmar lo que de todos modos uno ya creía.

    El Antropoceno

    Jennifer Jacquet (especialista en estudios medioambientales)

    Para entender los terremotos en Oklahoma, la sexta extinción masiva de la Tierra, o el veloz derretimiento del manto de hielo de Groenlandia, debemos incluir el Antropoceno: una era que reconoce la fuerza global y geológica de los seres humanos. El Antropoceno […] nos proporciona un concepto que nos da la medida tanto de nuestro poder como de nuestra responsabilidad.

    En 2016, el Anthropocene Working Group (Grupo de Trabajo del Antropoceno), con 35 integrantes, casi todos científicos, votó por el reconocimiento formal del Antropoceno como nombre de la actual era geológica. Eso implica presentar ante los popes de la clasificación de las eras geológicas, la Comisión Internacional de Estratigrafía, la propuesta de adoptar formalmente el Antropoceno dentro de las épocas de la Tierra. Toda era necesita un punto de partida, y el Grupo de Trabajo del Antropoceno entiende que ese momento se sitúa a mediados del siglo XX, que se corresponde con el advenimiento de la tecnología nuclear y la industrialización a nivel mundial […].

    Ya sea que los expertos geólogos la unjan como una era de manera oficial o no, lo cierto es que gran parte de la sociedad ya ha decidido que vive en el Antropoceno. Los seres humanos somos una fuerza planetaria: desde la era de las cianobacterias no ocurría que un grupo taxonómico fuese tan preponderante y decisivo. Los humanos han demostrado ser capaces de ejercer una influencia trascendente, de destruir la capa de ozono, de cambiar la biología de cada continente, pero al menos hasta el momento, no han demostrado ser capaces de vivir en ningún otro planeta. Tal vez la pregunta más interesante no sea si el Antropoceno existe o cuándo comenzó, sino saber si estamos preparados para ejercer ese tipo de control sobre el planeta.

    Las ecuaciones de Navier-Stokes

    Ian McEwan (escritor)

    Esta pregunta nos hace correr el riesgo de ser como aquel hombre que sólo busca el reloj que se le cayó bajo la luz del poste de la calle: el concepto científico que más amplio impacto tiene en nuestras vidas no es necesariamente el más simple. Las ecuaciones de Navier-Stokes datan de 1822 y aplica la segunda ley del movimiento de los fluidos viscosos de Newton. El rango de aplicación es vasto: pronósticos meteorológicos, diseño aeronáutico y automovilístico, control de la contaminación y las inundaciones, ingeniería hidroeléctrica, el estudio del cambio climático, del flujo sanguíneo, de las corrientes oceánicas, las mareas, las turbulencias, las ondas de choque y la representación del agua en los videojuegos y las imágenes animadas.

    El nombre de Claude-Louis Navier está inscripto en la Torre Eiffel, mientras que el irlandés George Stokes, que fue presidente de la Royal Society, es poco conocido fuera del ámbito de la matemática y la física. Entre otros logros, Stokes sentó las bases de la espectroscopía. Haría falta que descendiera entre nosotros un John Milton de las matemáticas para que metamorfoseara esas ecuaciones en lenguaje lírico para que podamos honrar como corresponde su genio y su perdurable utilidad, y dar nueva vida a la gloria de esos dos gigantes de la ciencia del siglo XIX.

    El misterianismo

    Nicholas Carr (ensayista)

    La ciencia progresa con saltos, paso a paso o a los tumbos. Su avance en apariencia inexorable fomenta la sensación de que podemos conocerlo todo, y que debemos conocerlo todo. La idea es que a través de la observación, la experimentación y mucho pensar y devanarse la cabeza lograremos explicar y descular hasta los más oscuros y complejos secretos de la naturaleza: la conciencia, la materia oscura, el tiempo, la historia misma del universo.

    ¿Y si nuestra fe absoluta en ese rasgo “conocible” de la naturaleza fuese apenas una ilusión, un engañoso exceso de confianza de la mente humana? Ése es el marco conceptual que maneja la escuela de pensamiento llamada misterianismo. Situada en la intersección a veces fructífera y otras veces ríspida de investigación científica e investigación filosófica, el punto de vista misterianista está impulsado por muchos pensadores respetables, desde el filósofo Colin McGinn hasta el psicólogo cognitivo Steven Pinker. Los misterianos proponen que el intelecto humano tiene fronteras y que algunos de los misterios de la naturaleza tal vez permanezcan para siempre más allá de nuestra comprensión.

    Argumentan que la mente humana puede ser incapaz de comprenderse a sí misma, que nunca entenderá cómo funciona la conciencia. Pero si el misterianismo se aplica a las obras de la mente, no hay razón para que no pueda aplicarse también a las obras de la naturaleza en general.

    El mejor y más simple argumento del misterianismo puede encontrarse en la evidencia evolucionista. Cuando examinamos cualquier otro ser viviente, entendemos de inmediato que su intelección es limitada. Ni el perro más brillante y curioso logrará dominar las matemáticas. Ni el más sabio de los búhos sabe nada de la anatomía de los ratones que se come. Si todas las mentes que ha producido la evolución tienen una comprensión limitada, la lógica indica que nuestras mentes, también producto de la evolución, tienen asimismo sus limitaciones. Como lo señala Pinker: “El cerebro es un producto de la evolución, y así como el cerebro de los animales tiene límites, nuestros cerebros también”.

    Pretender que el entendimiento humano no tiene límites es creer en una excepcionalidad humana rayana en lo milagroso, por no decir místico […]. El misterianismo nos enseña humildad. A través de la ciencia, hemos llegado a entender muchas cosas de la naturaleza, pero es mucho más lo que permanece más allá del alcance de nuestra percepción y comprensión. Si los misterianos tienen razón, el logro máximo y definitivo de la ciencia sería revelar sus propias limitaciones.

    La letra épsilon

    Victoria Stodden (profesora de estadística en la Universidad de Columbia)

    En los modelos estadísticos, el uso de la letra griega épsilon es un reconocimiento explícito de que la incerteza es intrínseca a nuestro mundo. El paradigma estadístico contempla dos componentes: los datos o medidas tomados del mundo observable, y los procesos subyacentes que generaron esos datos. La épsilon aparece en las descripciones matemáticas de esos procesos como representación de la aleatoriedad inherente a la generación de los datos que observamos. […]

    El uso de la épsilon implica un reconocimiento directo de la incapacidad de predecir el futuro que tiene la investigación basada en datos, sin importar los recursos para la recolección de esos datos ni la forma en que sean computados. […]

    Esa incerteza inherente implica que la duda no es algo negativo ni una debilidad, sino una admisión madura y adulta de que nuestro conocimiento es imperfecto. A medida que nuestra recolección y análisis de datos son cada vez más vastos, y que los resultados que arrojan los algoritmos y los modelos predictivos representan una creciente fuente de información, el paradigma estadístico es utilizado cada vez más. Su impacto se puede ver en todos los aspectos de la sociedad: políticas basadas en evidencias, medicina basada en evidencias, modelos de predicción de fluctuaciones de mercado cada vez más sofisticados, redes sociales que se ajustan automáticamente a nuestros patrones de búsqueda previos. El uso inteligente de la información derivada de los modelos estadísticos depende de nuestra comprensión de la incerteza, lo mismo que la planificación política y nuestra comprensión cultural de esa fuente de información.

    La honestidad intelectual

    Sam Harris (neurocientífico)

    Miremos hacia donde miremos, vemos a hombres y mujeres que uno llamaría cuerdos haciendo esfuerzos extraordinarios por no tener que cambiar de opinión. Obvio: a mucha gente no le gusta que la “vean” cambiando de opinión, aunque estaría dispuesta a hacerlo en privado o internamente y en sus propios términos, tal vez a partir de la lectura de un libro. Ese miedo a que nuestra imagen pública se vea perjudicada entraña un error fundamental, y es ahí donde conviene situarse en el lugar, precisamente, de quien nos “ve”: aferrarse obcecadamente a nuestras convicciones más allá del punto en el que su falsedad ha quedado demostrada a las claras no nos hace ver nada bien. […]

    La honestidad intelectual nos permite salirnos de nosotros mismos y pensar de formas que a otros pueden (y deberían) parecerles atrayentes. Todo depende de entender que querer que algo sea cierto no alcanza para que lo sea, sino más bien todo lo contrario: debería hacernos pensar que estamos un poco fuera de contacto con la realidad. En ese sentido, la honestidad intelectual hace posible el verdadero conocimiento.

    Nuestro progreso científico, cultural y moral es casi enteramente producto de una persuasión exitosa. Por lo tanto, la incapacidad (o negativa) a razonar honestamente constituye un problema social. De hecho, desafiar las expectativas de lógica de los demás -desentenderse de los estándares de razonabilidad que uno mismo les exige a los demás- es una forma de hostilidad. Nuestras vidas son una elección permanente entre la conversación y la violencia, así que hay pocas cosas más importantes que nuestra decisión de apegarnos a la evidencia y los argumentos, nos lleven a dónde nos lleven. La capacidad de cambiar de idea, incluso en temas relevantes -especialmente en temas importantes-, es lo único que nos permite albergar la esperanza de que las causas humanas de las miserias humanas puedan ser finalmente superadas.

    Texto extraido de Diario LA NACIÓN

    Agencia de Ciencia, Tecnología e Innovación